Cataco
Nuestro pinche tirano

Leí varios libros de Carlos Castaneda con fascinación en mis 20’s. Este antropólogo de UCLA escribió sobre su relación con Juan Matus (Don Juan), un brujo yaqui con el que sostuvo un prolongado intercambio mientras estudiaba el uso de sustancias psicotrópicas en el suroeste de EEUU y norte de México para su tesis doctoral. Aunque se hizo famoso por su primer libro, Las enseñanzas de Don Juan, es recién en su tercer libro, Viaje a Ixtlán, donde recapitula sobre todos sus encuentros anteriores y se da cuenta de que Don Juan lo había tomado como aprendiz de brujo sin que éste se hubiera dado cuenta, y entonces encuentra en sus andanzas descritas y narradas en sus dos anteriores libros el significado de lo que verdaderamente le estaba queriendo enseñar.

Entre las enseñazas, que se prolongan por varios libros más, le habla de la importancia de contar con un pinche tirano en la vida. Un pinche tirano, según Don Juan, es alguien molesto ubicado en una posición de poder sobre nosotros, alguien que nos exaspera y nos hace la vida imposible, pudiendo hasta destruirnos. Para él, es importante encontrarse con alguien así para aprender, pues el pinche tirano no es otra cosa que el reflejo de nuestra importancia personal.

Hoy 4 de abril de 2014, a dos meses de haber comenzado en Venezuela la oleada de protestas en la calle que ha puesto de manifiesto el carácter autocrático del gobierno de Nicolás Maduro, entre una vorágine de mentiras, represión, violación de los derechos humanos y constitucionales, con un fondo musical de hiperinflación, desabastecimiento, inseguridad, impunidad y corrupción bajo la batuta de la hegemonía comunicacional y la desinstitucionalización de los poderes públicos que buscan invisibilizar al menos a la mitad de país, con una virulencia y odio sin precedentes, no puedo menos que reconocer en el gobierno a nuestro pinche tirano. Cualquiera de los voceros del gobierno nos hace temblar de indignación, cada una de sus mentiras nos sume en un estado de irritación, y todas sus arbitrariedades nos enfrentan con nuestros demonios internos.

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Notas sobre el seguidor incondicional

Yo tengo condiciones

Soy de oposición. Siempre lo he sido. Tengo mi historial electoral para probarlo. Jamás he votado por el candidato que resultó electo, al menos en elecciones presidenciales. No es que me sienta orgulloso de mis opciones políticas electorales, sino que si hay alguna constante en ellas es ésa.

No soy de oposición sólo ahora; lo he sido siempre. En tiempos de AD y COPEI nadie me hacía darle un voto a los impresentables que postulaban, y luego jamás voté por Chávez, quien para mí siempre fue una bota militar, y nada más. Hubo un tiempo en que votar por algún partido que no fuera AD o COPEI era considerado “perder el voto”, ¿lo recuerdan?, creando así una corriente de opinión que pretendía desvalorizar el voto consciente. Vota sin pensar. Sólo hay dos opciones.

Yo más bien pienso que la boleta electoral debería incluir la opción “ninguno de los anteriores”, como en las encuestas, pues al igual que en éstas ayudaría a medir el grado de descontento con el panorama político total, y pondría de manifiesto cuán cansados estamos de escoger entre la mierda y la porquería, en tiempos en que el argumento de “esto es lo que hay” no parece bastar.

A veces pienso que mi tendencia electoral va camino de encontrarse inexorablemente con su fin. Puede que esté cerca, puede que no, pero de lo que estoy seguro es de que, aunque gane aquel por el que vote, seguiré siendo de oposición. Tal vez tenga algo que ver mi natural resistencia a seguir al rebaño, pero lo cierto es que no puedo ser incondicional con ninguno; es contrario a mi esencia misma. Yo sí tengo condiciones para darle mi voto a alguien, pues en democracia el poder se otorga, no se toma. No voy a seguir apoyando a alguien “haga lo que haga”, no. Y aunque lo haga bien, seguiré siendo de oposición, pues el único garante de mantener honesto a un gobernante es el pueblo vigilante. No es a los de un bando o a los de otro que hay que vigilar, es al poder, téngalo quien lo tenga. Esa es la raíz del problema, y la razón por la que es importante la alternabilidad, en última instancia. Yo tengo condiciones.

Pero no todo el mundo es así. Hay quienes son incondicionales. De mis observaciones sobre este fenómeno, hay algunas notas que quisiera compartir con el fin de arrojar luz sobre una actitud cuya comprensión ha sido mi obsesión, y que en estos días la encontramos a la vuelta de la esquina.

Ser seguidor incondicional implica la renuncia a procesar intelectual y moralmente cualquier cosa que te lleve a cuestionar lo que es seguido. El seguidor incondicional de un gobierno o de una persona, le otorga carta blanca al mismo, y de esta manera, mediante un perverso mecanismo, aquel seguido llega eventualmente a un cómodo punto en que ya no necesita probar su valía, pues sus seguidores empiezan a justificar su actuación por él.  Ésta es la actitud a la que me refiero.

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